Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con más claridad a la luz fría del crepúsculo.

El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba brillando con resplandores de rosa.

Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y se sentía un olor fuerte de aceite frío.

Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.

Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.


Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó Paquito, con un aire grave, dramático.

Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas.

—¿Quién le ha dicho a usted eso?