La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón corrido, que caía hacia un huerto.
Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según las horas, con luz diferente.
Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del castillo.
Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras estrechas y ventanas enrejadas en la baja.
El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba un color de miel.
El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y troneras que limitaba el camino de ronda.
Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.
En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas, brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba, arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela...
El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra; los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en una gran delicia.