Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de rabia.

Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro, pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador del castillo de Sagunto.

La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y redicha.

Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba libre para andar por la ciudad.

Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer con su indiferencia de sultán.

Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío.

—No tengo armas—le contestó Eguaguirre, pálido de cólera.

—Yo le traeré a usted un sable—replicó el cabecilla en su acento catalán rudo.

Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables.