—Sígame usted—dijo.
Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia, al trote, sin hablarse.
No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope, fueron tras ellos.
Llevaban un parte urgente para Chambó.
El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia y comenzó a lanzar juramentos.
—Espéreme usted aquí—dijo a Eguaguirre—. Vuelvo en seguida.
—Esperaré—contestó éste.
Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió, aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.
Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de los franceses.
Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella.