Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la guerra y enviado a Ondara.
A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban.
VI.
EL MIRADOR DEL CASTILLO
Un día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.
Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y subían las cuestas de la ciudadela.
Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del mar, verde e inmóvil.
—¡Qué vista más espléndida!—exclamaba el inglés, sacando el pañuelo para enjugarse la cara.
El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba: