—La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.

En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados; Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.

Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un patio hasta el jardín del mirador.

La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las presentaciones.

Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta, los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello redondo y las manos muy pequeñas.

—¿Esta señorita es la hija del coronel?—preguntó el Capitán, aunque sabía que no lo era.

—No; es la coronela auténtica—repuso Eguaguirre.

—No me llame usted coronela, ¡por Dios!—dijo ella.

—Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es usted una supuesta hija del coronel.

—Este señor es muy galante.