—No; de verdad que parece usted una muchachita soltera—replicó el Capitán—, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a alguna señora vieja y avinagrada.

Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey. Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.

Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido. Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas, rojas y moradas.

En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet, antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores casi a vista de pájaro, como desde un globo.

Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron los cuatro.

Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.

Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio. El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.

Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de música clásica y de canciones populares inglesas.

Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.

El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer pintado al óleo.