—¿Quién es? ¿Quizá su madre?—preguntó.
—Sí.
—¿Vive?
—No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.
—A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.
—Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.
Kitty quedó melancólica.
Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara, y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.
Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde guardaba sus papeles de música, y sacó el Don Juan, de Mozart.