—¡Ah! Mozart—exclamó Thompson—. Conozco algunas de sus sonatas. Dicen que Don Juan es de una música muy obscura.
—Yo no lo creo así—contestó Kitty.
—Vamos—le dijo a Eguaguirre—. Cante usted.
—¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.
—De ninguna manera.
Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran maestría la serenata de Don Juan.
Deh vieni alla finestra.
—¡Admirable!—exclamó Thompson—. ¡Magnífico!
Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y sonrojado de placer.
Después Kitty entonó el aire de Doña Elvira: