—¡Centinela, alerta!
Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a acercarse.
Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de Llaves, y los tres pasaron al pueblo.
VII.
LOS OFICIALES
En los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y el capitán de Llaves.
En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón, el Trapense, Bessieres o Quesada.
Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de estos diversos orígenes.
En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.