Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia del jardín del Mirador.
Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a faltar y, al último, quedaron una media docena.
De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.
Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines del siglo XVIII, titulado Los peligros de las tertulias, que estas reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.
Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no iban.
De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty, un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.
Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.
Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre—y él suponía una gran cosa—era ser un fantoche vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.
Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el pueblo.
Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.