Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:
—Esta mujer me vuelve loco—y añadía—: Y está por usted.
También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina, y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope y muy pedante.
Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.
El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los sin embargo, los si bien es verdad, los si es cierto que, estaban constantemente en su boca.
A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el sentido? ¿Me entiende usted bien?
En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y se tocaba el piano.
De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.