VIII.
URBINA

Thompson hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la tertulia de Kitty.

Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.

Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía todo su tiempo.

Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno que pasara de saber las cuatro reglas.

El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás oficiales.

No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra, se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el más incomprensivo de los burócratas.

Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las cartas.

Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.