Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba a gusto.
Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a obedecer.
El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.
Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:
—¿Qué vida hace la señora de Hervés?—le preguntó Thompson.
—Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer recibe a sus amigos.
—¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?
—No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca, rara, absurda.
—No es extraño.