—Y tan buena—repuso Urbina.
—¿Usted cree que es buena de verdad?—preguntó Thompson.
—Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia, ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un orgullo noble de verse superior a la generalidad.
—Esto habrá contribuído a la antipatía general.
—Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.
—¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?
—Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.
—¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un egoísta frenético.
—Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido, violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y le sume en una desesperación sombría.