Thompson fué y charlaron largo rato.

—¿Quién es el Capitán?—preguntó Kitty con curiosidad—. Me ha dado la impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela.

—El Capitán es un aventurero—contestó Thompson—; un tipo de estos que, en otro tiempo, hubiera sido un condottiere italiano o un compañero de Hernán Cortés en Méjico.

—¿Y usted dónde le ha conocido?

—Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron, y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad. Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad; los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo; el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros, tuvimos que salir los tres.

—¿Y de dónde es el Capitán?—preguntó Kitty.

—Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España.

Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:

—Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?

—Sí.