—No; pagado, no—repuso Eguaguirre—; el comandante ejerce, seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo; ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga y espía.
El Capitán estaba pensativo.
Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo:
—No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele francamente. El coronel hará lo que ella le indique.
—¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?
—No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.
El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores. Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía los golpes de don Santos.
El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una mujer encantadora.
Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta rogándole que fuera a verla.