El rostro del Capitán estaba impasible.
—¿Cómo haremos el viaje?—preguntó Thompson.
—Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí, hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre, mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer, podemos estar de vuelta.
—¿De manera que usted ha estado ya en el convento?—preguntó el Capitán.
—Sí. Dos veces.
—Dígame usted cómo es.
—¿Qué quiere usted que le diga?
—Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc.
Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo. El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy alto, y en que había muchas palomas.
—¿De manera que hay palomas?—preguntó varias veces.