El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia.

Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a otros.

Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a caerse al agua.

Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.

Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la iglesia, que centelleaba con mil reflejos.

Poco después se oyeron varios cañonazos.

Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido.

—La Naturaleza tiene también cosas cómicas—dijo el Capitán—. Esa diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.

—¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?—preguntó Kitty, riendo.

—Tampoco.