De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes; las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las crestas espumosas de las olas.
Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos, que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.
El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar, con voz atiplada:
L'airet, l'airet, l'airet
de la matinada.
Del rich estiu, del rich estiu,
del rich estiu.
—¡Silencio!—le gritó el patrón severamente.
—Déjele usted cantar—exclamó Kitty—; lo hace muy bien.