Se fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle.

El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los expedicionarios, que formaban un grupo...

Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado, estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos gallos madrugadores, que presentían la aurora.

Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una maroma, un farolillo que se balanceaba.

En esta barca, la Joven Rosario, iban a partir Kitty y sus amigos para Monsant.

Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos, a popa, sobre la cubierta, y la Joven Rosario se separó del malecón y comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones en el agua.

—¡Adiós! ¡Divertirse!—dijo el capitán de Llaves desde el muelle.

—¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta—contestaron los viajeros.

El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros, el patrón y un grumete.

Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas, que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar...