—¡Evohe! ¡Evohe!—gritó Thompson desaforadamente—. ¡Eh! ¿Qué tal? ¿Tengo aire clásico?

—Parece usted un Sileno—dijo el doctor.

—¡Evohe! ¡Evohe!—repitió Thompson.

—Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos—exclamó el Capitán.

—Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy bien.

—Yo lo confieso—dijo el Capitán—; la prueba es que el delfín, que iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de amistad y ha sonreído.


Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un pueblecito de la falda del Monsant.

Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso, colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas, cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.