Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto haraposo.
La barca se acercó y encalló en el arenal.
Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal motivo había gran movimiento de ir y venir.
Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores, salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.
—¿Qué hora es?—preguntó Kitty.
—Las ocho.
—Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los caballos.
Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.
Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una cuerda que pasaba por dos poleas.
A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.