Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto cuadrado cubierto de tela.

—¿Qué lleva usted ahí?—le dijo.

—Es un secreto.

—¿No lo puedo yo saber?

—Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego para qué es.

Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.

Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba estrepitosamente en la marcha.

Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media estaban todos en el convento.