—Oye, muchacho—le dijo a éste el Capitán.

—¿Qué quiere usted?

—Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas podrán vender otras dos.

—Bueno.

—Toma—y el Capitán le alargó unas monedas.

—¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?

—Sí, estaremos aquí.

El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas grises.

—¿Qué han dicho?—preguntó el Capitán.

—Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.