El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.
—¿Qué vamos a hacer ahora?—preguntó Thompson.
—Yo voy a entrar—dijo el Capitán—; usted se queda aquí, inspecciona esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus alrededores.
—¡Pero entonces no voy a ver el convento!
—Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento de papistas?
—¿Y el arte?
—¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas supersticiones.
—No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.
—Bueno. Hasta luego entonces.