—¿Yo?

—Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, Farestac. Tu barco destila contrabando y piratería.

—¿Y el barco de usted?

—Yo no tengo barco—replicó el Capitán—; soy un pirata de monte. Siéntate; somos lobos de la misma carnada.

El Farestac se sentó, mirando al hombre con sorpresa.

—¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?—dijo el Capitán.

—Sí.

—¿Bien?

—Mejor que nadie.

—¿Cuántas entradas hay en esta costa?