—¿A dónde se sale?

—Al cementerio del convento.

—¿Te daría miedo subir otra vez?—repuso el Capitán.

—Menos que a usted—contestó el salvaje marino sarcásticamente.

—A mí no me da miedo nada, hijo mío—repuso el Capitán, dando un nuevo golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.

El Farestac miró a su interlocutor con curiosidad creciente.

—¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?—preguntó.

—Vamos a subir al convento.

—¿A qué?

—A robar una monja.