Al irlos tratando a cada uno de ellos, Lacy quedó un poco asombrado y desencantado. ¿Qué esperan estos hombres?—se preguntó él—. ¿Qué quieren?
La mayoría eran soldados de la guerra de la Independencia y soñaban con triunfos de espada y aventuras. Algunos habían absorbido las ideas liberales de Francia y de Inglaterra que no les habían modificado los instintos ancestrales, en general aceptaban como un dogma el valor del papel impreso.
Para ellos lo escrito con letras de molde tenía siempre una virtualidad misteriosa y estaban dispuestos a escribir en los periódicos protestas, contra-protestas, rectificaciones y vindicaciones.
Ninguno se manifestaba verdaderamente liberal capaz de benevolencia, de transigencia, todos eran militaristas y ordenancistas.
El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y prudente como un zorro en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la violencia de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma con una cólera desesperada y furiosa.
Gaspar de Jáuregui, el Pastor, otro de los jefes, era un guipuzcoano que unía el valor con la astucia. Zumalacárregui, segundo de su partida en la guerra de la Independencia, le había enseñado a leer y a escribir. Jáuregui consciente de su ignorancia no había pretendido salir de ella y su conformidad de campesino con su incultura le había dejado siempre en un segundo plano.
Chapalangarra era un solitario, un místico que tenía la fiebre de la fama y del martirio; San Miguel un retórico, un escritor mediocre y difuso.
Respecto a López Campillo y a Leguía, los dos valientes guerrilleros, no tenían condiciones para ser primeras figuras.
Los únicos hombres que podían ponerse frente a Mina, por su influencia entre los demás, eran don Manuel Gurrea y don Francisco Valdés.