Méndez Vigo, que pretendía ser jefe, no arrastraba a nadie y era un motivo de discordia por su radicalismo inoportuno.

Don Pedro Méndez Vigo estaba acusado de haber mandado dar muerte a los prisioneros realistas de la Coruña en 1823, haciéndolos naufragar por un procedimiento a lo Carrier. Méndez Vigo era de ideas audaces y de muchas pretensiones. No servía ni para mandar ni para obedecer.

Gurrea, el otro rival de Mina, no le había declarado la guerra y esperaba el momento. No así don Francisco Valdés. El coronel Valdés había roto las hostilidades con Mina y lo trataba como a un enemigo.

Valdés pretendía haber tenido la prioridad en la idea de la expedición a la frontera después de la Revolución de Julio y consideraba la intervención de Mina como una usurpación.

Valdés era hombre altivo, soberbio, con una exaltación personal grande, ambicioso, poco inteligente y lleno de desconfianza.

Valdés era castellano, de Móstoles. En su juventud había estado en Dinamarca con el marqués de la Romana, había hecho la guerra de la Independencia y la campaña de 1823 y dirigido el golpe de mano de Tarifa de 1824.

La hostilidad de Valdés contra Mina y de Mina contra Valdés, procedía de una porción de causas y principalmente de los respectivos caracteres. Como militar de carrera, Valdés era poco amigo de los guerrilleros, como hombre que se había distinguido en el Mediodía nada afecto a la gente del Norte. A Mina le pasaba lo contrario, era guerrillero y nordista.

En los dos caudillos existía un fondo de patriotismo y un deseo de mando. La comunidad sola de estos sentimientos y el afán subsiguiente de defender y realzar su figura histórica en Mina y de buscar el medio de destacarla en Valdés debía hacerlos enemigos y ponerlos frente a frente.

Tanto el uno como el otro eran valientes, atrevidos y ambiciosos, pero Mina tenía el valor lleno de audacia y de prudencia; en cambio Valdés era más rectilíneo y de menos recursos. Mina sabía a las veces ser soldado y diplomático, Valdés no sabía más que ser soldado y soldado de filas. Mina tenía un conocimiento innato de la psicología de los hombres, sobre todo de los suyos, sabía por lo tanto arrastrar y convencer, Valdés no sabía ni lo uno ni lo otro.