Además de estos motivos hondos y personales existían otros políticos e ideológicos para el divorcio de ambos jefes.
Mina tenía el entusiasmo por la Constitución de Cádiz y por los hombres de aquella época, era anglómano, partidario de guardar las formas y consideraba necesario que hubiera en España una clase directora. Le quedaba también respeto por Fernando que al fin y al cabo era el Rey y no quería oir hablar ni en broma de la República.
Valdés creía que el liberalismo de Cádiz había pasado ya, que era necesario sustituirlo por otro más activo; tenía admiración por la Francia revolucionaria, era militarista y demagogo, odiaba a Fernando VII y creía que debía prepararse la posibilidad de la República. Valdés había llegado tarde a la lucha. Se encontraba entre soldados que representaban más que él y quería ponerse a su altura.
Los dos jefes, ásperos y orgullosos, no podían venir a un acuerdo. Valdés veía en Mina un caudillo a la antigua que mandaba despóticamente como un pater familias romano, le molestaba también verle en la práctica regionalista, siempre con sus navarros y sus vascos.
Valdés era castellano y por lo tanto más universal, menos regionalista. Le indignaba y le sorprendía la suerte de Mina y el éxito que éste había conseguido en Inglaterra. Valdés era un radical, todos los radicales se unían a él encontrando tibio a Mina. Algunos de los antiguos ministas como Fermín Leguía se habían pasado a su bando.
El caso de Chapalangarra y su enemistad contra Mina era de otra clase. Chapalangarra discurría y sentía como Mina, pero creía vivamente que tenía motivos serios personales de odio contra el general.
Al lado de los militares y oscurecidos ante ellos estaban los paisanos adictos a la Revolución. Sin tribuna donde perorar y en el extranjero no tenían prestigio alguno.
Eran en su mayoría literatos, jurisconsultos, oradores, no bastante fuertes para ser conocidos fuera de España. Entre ellos había algunos hombres de mérito como Flores Estrada y algunos políticos de talento como Mendizábal, pero la mayoría era gente sólo brillante, incapaz de una obra profunda e incapaz también de dominar y de arrastrar a los hombres.