Unos días después de recibir la carta de Tilly y de leerla a los amigos y jefes, iba Lacy enviado por la Junta de Francia a Cambó a ver a Chapalangarra.
Se quería que Chapalangarra se aviniera a razones y no intentara hacer un movimiento solo y sin contar con los demás jefes. Se había escogido a Lacy para esta comisión por su juventud y por el prestigio de su apellido entre los liberales.
Lacy salió de la posada de Iturri y fué a la parada de la diligencia La Bayonesa que salía para San Juan Pie de Puerto y pasaba por Ustariz y Cambó.
—El interior está lleno—le dijo el empleado—la berlina ídem. Tiene usted un puesto en la imperial.
—Bueno.
Lacy subió en la imperial de la diligencia en donde iban una mujer gruesa, un campesino y dos emigrados españoles. La baca estaba llena de fardos, de bultos y de cestas.
Pasó el coche por la puerta de Mousserolles, y comenzó a marchar por la carretera.
El tiempo era de otoño, con un sol claro y brillante.
El mayoral de La Bayonesa iba magnífico de seguridad y de petulancia. Era corpulento, rojo, de patillas grises.