Manejaba sus cuatro caballos con una seguridad y un aplomo dignos del mismo Nerón. Vestía irreprochablemente gran redingot gris, corbata roja y guantes amarillos.

—¡Eh, Lajeunesse!—le decían. Se llamaba así.—A ver esa caja, esa sombrerera. Y Lajeunesse cogía los paquetes de la baca, los lanzaba a los mozos, agarraba los que le enviaban al aire, silbaba, hablaba a sus caballos, cruzaba las aldeas por callejuelas estrechas, torciendo rápidamente, siempre grave y solemne hasta detenerse en la posta. Allí hablaba, bebía y decía: Eh, señores, arriba y se lanzaba de nuevo a la carretera a correr al compás del estrépito de las campanillas.

Cuando Lacy, después de contemplar el campo, miró a sus compañeros de viaje de la imperial vió que uno de ellos era un señor grueso que acababa de conocer días antes y llegaba de Bruselas. Se llamaba don Juan Olavarría. El otro español Eusebio Lacy sabía que era emigrado, pero no lo conocía de nombre.

Olavarría entabló conversación con Lacy y se manifestó muy pesimista acerca de la empresa liberal.

—Para mí no cabe duda—dijo—que hay un acuerdo entre el Gobierno francés y el español. Por eso nuestra situación empeora.

—Yo no lo veo así—dijo Lacy.

—Pues no cabe duda. Luego nuestros recursos van mal. El empréstito negociado por las casas Ardouin y Calvo que había comenzado tan brillantemente se agota. Los reclutamientos, los envíos de armas y de municiones se dificultan y son detenidos por la policía francesa, las hojas de ruta y los pasaportes que se habían acordado a los refugiados españoles y a los voluntarios extranjeros se han suprimido. Muchos al verse así abandonados por unos y vigilados por el Gobierno comienzan a maldecir de Francia y a volverse a sus casas.

—Yo no veo que esto vaya tan mal—dijo Lacy.