—No le quepa a usted duda. Va muy mal—replicó Olavarría—la unión que produjo entre los emigrados el entusiasmo y la esperanza se ha roto. Esto toma ya mal aspecto, el aspecto de la descomposición.

Después de exponer las mil dudas que le sugería la expedición liberal, el señor Olavarría habló de sus proyectos. Era el buen señor un arbitrista; quería transformar el comercio, la economía, la raza y hasta la geografía de España. Para todas sus utopías tenía un precedente.

—No crea usted que esto es un absurdo. Esto se ha intentado en Escocia, en el Canadá, en Bélgica y en Australia, y lo han preconizado hombres tan ilustres como tal, cual (y aquí citaba ocho o diez nombres extranjeros).

El español desconocido que al principio de la conversación iba muy fosco, miraba después sonriendo al arbitrista.

Al llegar la diligencia a una venta del camino de Villefranque, el señor Olavarría y el campesino francés bajaron a tierra.

El coche echó a andar y quedaron en la imperial el emigrado desconocido y Lacy.

—Conserve usted el entusiasmo con gente así—exclamó el emigrado y soltó después un par de ternos.

—¿Es usted de los nuestros?—le preguntó Lacy.

—Yo soy Fermín Leguía.

—¡Ah! Le conozco a usted de nombre. Yo soy Lacy.