Se dieron la mano.
—¿Va usted a Cambó?—preguntó Lacy.
—No; voy a San Juan Pie de Puerto, a ver a Jáuregui y a Fermín Sarasa que están allá. A la vuelta me detendré en Cambó a hablar con Chapalangarra.
—¿Tiene usted buenas impresiones, señor Leguía?
—Buenas, sí. Hay que seguir adelante. De otra manera no se puede hacer nada. Lo malo es la vacilación. Hay que elegir un plan, y a él con los ojos cerrados.
Esto lo dijo Leguía asociándolo con toda clase de ternos y de interjecciones.
—¿Usted no es ahora amigo de Mina, don Fermín?
—No. Me ha abandonado de mala manera. A pesar de eso, yo le tengo cariño al general; pero es demasiado absolutista. ¿Que riñe con Chapalangarra o con Valdés? Pues ya no se puede hablar de Chapalangarra o de Valdés. Son unos necios, soberbios y ridículos. No tanto. Todos tenemos un poco de culpa en lo que pasa.
—Mina debe ser muy exclusivista...
—Sí, mucho; pero aquí lo malo no es que sea exclusivista, sino que no se decide. Hay unos que dicen que basta acercarse a la frontera para que todos los españoles de nuestras ideas se levanten; otros dicen que no, que es necesario tener apoyo en la península. De éstos es Mina. Pero si lo creía así, ¿para qué ha aceptado el proyecto de la expedición si no le gustaba? Valdés, Gurrea, Chapalangarra, Jáuregui y yo con ellos, tomamos en París la iniciativa esta. Si no le gustaba a Mina, ¿para qué tomó parte en ella? Podía habernos dejado a nosotros la responsabilidad y la dirección.