—Es que le escribieron, le instaron...
—Ya lo sé; pero podía no haber aceptado.
—Hubieran dicho que era una cobardía.
—Sí, es verdad. En fin, veremos a ver qué sale de esto.
Al llegar a Cambó, Lacy se despidió de Leguía y bajó de la imperial.
Chapalangarra vivía en una posada del barrio bajo de Cambó. El bajo Cambó era entonces una pequeña aldea escondida entre árboles, al pie de una colina poblada de robles; sus casas, antiguas y negras, estaban en parte ocultas por emparrados verdes.
Lacy preguntó por la posada que le habían indicado y entró en ella. Era un fonducho solitario, con un comedor en la parte baja y una taberna.
En el comedor de este fonducho paseaba Chapalangarra de arriba a abajo, mirando al suelo, con las manos en la espalda.
En un rincón de la mesa jugaban a las cartas cuatro muchachos, y un joven melenudo, el poeta Espronceda, leía sentado en un sofá.
Al presentarse Lacy, Chapalangarra le invitó a salir para hablar libremente. Tenía miedo de los espías y no confiaba gran cosa en los jóvenes que le acompañaban.