Chapalangarra era hombre serio, fuerte, grave, de unos cincuenta años; un tipo oscuro, ceñudo y sombrío. Tenía la piel ennegrecida por el sol, los ojos grandes, negros; iba afeitado, con tufos sobre las orejas. Se le hubiera podido tomar por un cura. Hablaba a trompicones y era desaliñado en el vestir.

Durante más de una hora fué Chapalangarra hablando, accionando, quejándose de la frialdad y de la falta de entusiasmo de la gente...

La tarde de otoño estaba tan espléndida, el campo tan lleno de aromas, de colores, de pájaros, que Lacy miraba a veces al guerrillero preguntándose si no dejaría un momento sus resquemores para echar una mirada a las maravillas de la Naturaleza; pero Chapalangarra no veía más que su mundo interior de violencias y de pasiones.

Era el coronel de Pablo, apodado Chapalangarra, de la Ribera de Navarra, de Lodosa, tierra áspera, fea y caliente.

Había peleado en la guerra de la Independencia a las órdenes de Mina; después, en los años de 1820 al 1823, concluyó su campaña defendiendo como gobernador militar, la ciudad de Alicante hasta lo último.

En la época de su emigración en Londres, de Pablo se presentó a Mina, y en la primera entrevista riñó con él. Chapalangarra quería ir a España inmediatamente a levantar partidas liberales para restablecer la Constitución.

Mina intentó convencerle de que era imposible, de que faltaba dinero y medios de todas clases. Chapalangarra se indignó y acusó a Mina de tibio y de indiferente.

Ya para aquella época Torrijos había formado su partido radical entre los emigrados, en contra del de Mina que era más conservador. Chapalangarra fué invitado por los amigos de Torrijos a entrar en él; pero no quiso y se decidió a vivir solo, separado de todo el mundo, sin amigos ni partidarios.

Chapalangarra tenía la preocupación de Mina y hablaba constantemente de él.