Por entonces, en un periódico inglés, salió un artículo en el que se acusaba a Chapalangarra de actos de tiranía y de rapiña cometidos en el año 1823 cuando gobernaba Alicante.
Chapalangarra denunció ante los tribunales al autor del artículo, y éste, temeroso de ser condenado, propuso retractarse en el periódico y darle al guerrillero una cantidad como indemnización.
Aceptó Chapalangarra el trato, cogió el dinero e inmediatamente fué a casa de Mina.
—Ya hay dinero para la Revolución—le dijo, y le entregó todo lo que le habían dado.
Mina aceptó la cantidad por no defraudar las esperanzas de su paisano; pero éste al ver que pasaban los días y no le avisaban sintió redoblar su furor contra el caudillo, a quien acusaba de egoismo, de frialdad y de falta de entusiasmo.
Chapalangarra entonces pensó formar rancho aparte con Gaspar de Jáuregui (el Pastor) y que éste rompiera con Mina; pero Jáuregui creía en la estrella de Mina y no quería abandonarle por ningún motivo.
Era muy monorrima la reconvención de Chapalangarra contra los políticos para un hombre como Lacy, que creía que en el mundo había algo más que guerras y revoluciones. Lacy se cansó pronto de las quejas del guerrillero y pretextó tener prisa.
Volvieron los dos a Cambó, y al llegar cerca del puente Lacy vió que un señor le saludaba. Era Miguel Aristy que iba a montar en un tilburí.
—¿Quiere usted venir a Ustariz?—le dijo.