—Muchas gracias, señor Aristy.

—Si no ha traído usted coche, tiene usted que esperar hasta mañana.

—¿No le estorbaré a usted?

—No, no; de ninguna manera. Contentísimo en tener compañía.

Lacy se despidió de Chapalangarra y montó en el cochecito de Aristy.

—Me han dado dos horas de política aburridísimas—exclamó Lacy.—Tenía ganas de mirar el campo. ¡Qué tarde más espléndida!

—Mal político—exclamó Miguel Aristy dando una palmada a Lacy.—¡Un político que quiere mirar los montes y las flores! No será usted un Richelieu, ni un Pitt.

—Pse. No me importa.

Y Miguel Aristy y Eusebio Lacy dejaron el bajo Cambó, y al trotecillo del caballo fueron bordeando el río hasta llegar a Ustariz.