—Una persona nueva, cualquiera, en uno de estos pueblos vascos, tan quietos, tan inmóviles, es un acontecimiento; y cuando no se trata de un cualquiera, sino de un joven distinguido como usted, es un motivo de conversación para un par de semanas.

—Creo que exagera usted.

—No. Ciertamente que no. Quédese usted esta noche.

—Bueno; me quedaré.

Al parar delante de Gastizar y bajar del tilburí pasaron dos señoras, a quienes saludaron Aristy y Lacy.

—Son dos damas españolas—dijo Lacy.

—Sí. ¿Las conoce usted?—preguntó Aristy con viveza.

—No. El otro día, cuando vinimos aquí a ver al coronel Malpica, las encontramos en la posada, que se habían refugiado por la lluvia, y el posadero nos dijo quiénes eran.

—¡Ah!