—Sí, muy raro es. ¿Y ustedes no las conocían de antes?

—No.

—Estuvisteis bastante torpes en aceptarlas en la casa—indicó Larresore.

—Yo no estaba aquí—dijo Miguel—cuando mi madre les alquiló el chalet de las Hiedras. Si yo estoy, no les alquilo. Parece que traían una recomendación de Bayona. Al principio, mi madre parecía contenta; luego estuvo diciendo que las iba a echar, que debían ser dos intrigantes, y después de repente ha cambiado y no quiere oir hablar de despedirlas. Yo estoy convencido de que es mala gente. La vieja, la que se hace llamar condesa, tiene todo el aire de una cortesana, aduladora, con gran tendencia a la tercería; la joven es de mala índole.

—¿Y usted no ha preguntado a nadie quiénes son?—dijo Lacy.

—Sí; he preguntado a los amigos de Bayona, pero no las conocen. Algunos han oído hablar de ellas como de unas señoras españolas, y nada más.

—¿Tienen acento español?

—Ninguno. Pero eso no significa nada; usted tampoco tiene acento español.

—Es que yo me he educado en Bretaña, lo que no es corriente en un español. ¿Y tienen relaciones esas señoras?