Quedaron, cerca de la chimenea, Miguel, Lacy, Darracq y el caballero de Larresore.
Hicieron Miguel y el caballero varias preguntas acerca del propósito de los emigrados españoles, y en el curso de la conversación hablaron de las dos señoras del chalet de las Hiedras, a quien había visto Lacy por primera vez en la posada de la Veleta.
—Yo tengo mis dudas acerca de estas damas—dijo Miguel—. Sería desagradable que tuviéramos aquí dos intrigantes.
—¿Qué título llevan esas damas?—preguntó Lacy.
—La tía se hace llamar condesa de Vejer.
—¿Y de dónde es?
—Del mismo Vejer, que debe ser un pueblo de la provincia de Cádiz.
—Yo preguntaré en Bayona a algún gaditano—dijo Lacy.—¿Y qué vida hacen?
—Las dos son muy devotas; van todos los días a misa con un aire muy compungido. En su casa tienen muchas imágenes religiosas; pero nada de esto me convence. Hay en ellas algo sospechoso. Son unas españolas que no hablan nunca español. Luego, un criado de aquí de casa dice que un día las oyó discutir a tía y sobrina insultándose con palabrotas. Es un poco extraño.