Algunas habitaciones, como el salón, las había arreglado Miguel Aristy, más severamente, al gusto antiguo, con muebles de su madre y cuadros oscuros de la escuela de Claudio Lorena. El zaguán amplio de la casa, enlosado de piedra, tenía unas estatuas toscas que debían de haber salido de alguna iglesia o convento desmantelado en 1793.
Además de los campos tenía Gastizar una huerta muy grande y un jardín. Cruzando esta huerta, desde la parte de atrás de la casa iba hacia el río, una calle de perales en arco que terminaba en un cenador con una mesa y unos bancos rústicos. De esta plazoleta del cenador se bajaba al Nive, a cuya orilla había un árbol donde solía estar atado un bote.
La señora de Aristy no quería ir al cenador, porque encontraba que era sitio húmedo y malsano. Miguel, en cambio, solía pasar muchas horas en aquel rincón y pescaba barbos y anguilas.
Después de pasear por la huerta fueron al salón, en donde Alicia tocó el piano. Habían llegado el caballero de Larresore, el padre Dostabat y el joven Darralde Mauleón, a quienes presentó Miguel a Lacy.
Madama Luxe y su hija, Larresore y el padre Dostabat se quedaron a cenar y fueron en la mesa diez personas.
Se habló largo rato, y después de las diez se retiraron madama Luxe y su hija con Darralde Mauleón y el padre Dostabat.
—¿Usted se acuesta temprano, Lacy?—preguntó Miguel.
—No; porque me suelo dormir tarde.
—Entonces quédese usted. Charlaremos al lado del fuego.