Lacy se levantó por la mañana y salió a la carretera. El sol de un día de otoño comenzaba a dorar la tierra, cantaban los pájaros en las ramas, murmuraba el río en su cauce. La sierra de la serrería mecánica comenzaba a rezongar como un moscardón; el herrero martilleaba en el yunque; algunas mujeres pasaban en sus carruchos, y la panadera repartía el pan en las casas.
Lacy contempló con simpatía este comienzo de la vida de la aldea. Al llegar la diligencia subió a ella, que marchó al trote de sus cuatro caballos camino de Bayona.
Al día siguiente, al llegar Lacy a su fonda, por indicación del patrón, se dirigió a un italiano, empleado en la subprefectura, amigo de Iturri. A las primeras palabras el italiano sonrió maliciosamente.
—¿Por qué se sonríe usted?—preguntó Lacy.
—Esas dos mujeres que viven en Ustariz han sido hasta ahora de la Policía—contestó el italiano.
—¿De verdad?
—Y tan de verdad.
—¿Pero hay mujeres policías?
—Ya lo ve usted. No sólo hay misterios en los folletines y en los melodramas.
—¿Y éstas están reconocidas?