—El señor de Lacy haría un gran juez—dijo el caballero de Larresore.

—No, no—replicó Lacy—; como siempre ando entre políticos, tengo la costumbre de relacionarlo todo con la política, y esas señoras dan la impresión de que tienen algo que ver con la política.

—¡Cierto!—exclamó Miguel.—Es una idea que la llevaba dentro, pero de una manera oscura. Ahora me parece indudable. Cuando vaya usted a Bayona, pregunte usted a algún español por ellas. A ver si las conocen.

—Lo haré, no tenga usted cuidado.

Después de la larga charla ya cerca de la una, se levantó Lacy y Miguel de Aristy le acompañó hasta su cuarto.

—No se preocupe usted de la hora del coche. Si no lo coge usted, yo le llevaré en el tilburí.

—No, no; preferiría que me llamaran para la hora de la diligencia.

—Bueno, se le llamará. Adiós, querido Lacy—le dijo Miguel estrechándole la mano.

—Adiós.