De dónde pudo nacer el rumor, no se sabía; pero no cabía duda de que había algún dato, algún indicio más o menos claro para tal suposición.
Ya desde hacía tiempo se hablaba de mujeres que practicaban el espionaje en beneficio de los partidos.
La Policía de la Restauración fué la que comenzó a emplear a las mujeres en sus maquinaciones y sus intrigas. El Gobierno de Carlos X veía peligros en todas partes.
Por un fenómeno extraño, la Policía de Francia se había reclutado siempre entre los tránsfugas de los partidos vencidos. Así, el Poder tenía en la Policía su defensor y su enemigo.
En plena Revolución, gran parte de los jefes de la Policía de París eran monárquicos. Sometidos en el período del Terror trabajaron con los thermidorianos en dominar la Revolución. Durante el Imperio la Policía francesa estaba formada por ex revolucionarios y dirigida por Fouché, que se impuso a Napoleón como luego se impuso a Luis XVIII amenazándole con su ejército de agentes ex terroristas y ex bonapartistas.
En el Imperio, todas las autoridades civiles y militares eran policíacas. El ministro Fouché dió el tono a la política imperial; Napoleón tenía una policía particular, Fouché otra; al mismo tiempo el prefecto Dubois contaba con sus agentes especiales y Talleyrand con los suyos.
Las delaciones eran constantes. Al hundirse el Imperio el mundo policíaco sobrevivió a la ruina y se pasó al servicio de los triunfadores. Los gobiernos de la Restauración comprendieron que debajo de las cenizas quedaba aún fuego revolucionario, y para descubrirlo los hombres de la policía inventaron algo más perfecto y canallesco que los delatores del Imperio: los agentes provocadores.
Los agentes provocadores no se contentaban con traficar con las confidencias sorprendidas a las gentes de buena fe, o con las calumnias lanzadas contra los hombres proscritos por sus ideas liberales; los agentes provocadores urdían ellos mismos conspiraciones, excitaban a los locos, a los ilusos y los empujaban al cadalso o la prisión. Era llevar a la práctica la máxima jesuítica de que el fin justifica los medios. Así se hicieron la conspiración de Belfort y las algaradas de las calles de Saint Denis y de Saint Martín de París en 1827, en donde la tropa disparó contra la gente pacífica.
La Policía del Gobierno reaccionario de París se correspondía con la de Madrid, la de Roma, la de Nápoles y la de Viena.