Durante la Restauración, el partido clerical sirvió con su espionaje al Gobierno.

Las iglesias, los conventos, las Asociaciones jesuíticas eran agencias de noticias y de informes, que iban de acá para allá y terminaban en Roma.

Al acentuarse la política clerical con el Gobierno de Luis XVIII, sucedió al conde de Anglés como prefecto de Policía Mr. Guy Delavau, magistrado, hombre político que después fué del Consejo de Estado y que desapareció en la vida privada a raiz de la Revolución de Julio.

Con la dirección de Delavau, la Policía dirigida por gentes de chanchullo como Freret, Vidocq y otros jefes, algunos salidos de presidio, comenzó el espionaje en las familias y en los talleres.

Todo se hacía a fuerza de intrigas y de espías. Mucha gente se vengaba denunciando a la Policía a su amo, a quien odiaba, a un enemigo, o a un rival por amor.

Cualquier procedimiento era bueno. En 1821 la Policía quiso saber el paradero del general Bertón. Se intentó corromper hijos, parientes, amigos. En vista de que no se obtenían resultados se echó mano de otro recurso. Se averiguó que la hermana del ayudante del general tenía una criada algo ligera de cascos, y se pidió un agente de policía joven y guapo y de buen aspecto, para que intentara tener relaciones íntimas con la criada y arrancarla a ella las noticias que se deseaban.

En esta época de Mr. Delavau, la fille Carolina y la fille Simona, que se hacían llamar en Ustariz la condesa de Vejer y su sobrina, habían comenzado a practicar el espionaje. Era un momento en que las mujeres intervenían activamente en la Policía.

Al mismo tiempo que al Gobierno francés las dos mujeres servían a los apostólicos de España, con quienes tenían relaciones.

Al estallar la Revolución de Julio, los confidentes y espías del anterior Gobierno habían quedado la mayoría destituídos y vigilados.