—¿Y sus datos, Choribide?
—Cuando los necesite usted. Usted me manda una nota o un aviso de que venga, lo que usted prefiera. Para algunas investigaciones quizás se necesite algún dinero.
—Lo hay. El señor de Calomarde me ha escrito que gastemos el dinero necesario sin miedo. El asunto es de transcendencia y es indispensable que de cualquier modo la expedición liberal tenga un fracaso ruidoso.
—Lo tendrá.
—Muy bien. Ahora le voy a presentar a mi sobrina.
La condesa salió del salón seguida de Choribide, bajó hasta un cenador del huerto donde Simona estaba leyendo.
—Simona—dijo madama Carolina—el señor Choribide; un amigo y un aliado.
Choribide hizo la reverencia echando un pie hacia atrás a la moda antigua, una reverencia digna de un pisaverde del Palais Royal del tiempo de madama Tallien, y después de unas cuantas galanterías se despidió de las dos aventureras besándoles la mano.
Mientras cruzaba la huerta de la casa sus labios finos sonreían y en sus ojos había una claridad alegre y burlona.