La Veleta de Ustariz se hallaba establecida en la carretera, en una casa grande de dos pisos, oculta en el verano, por la parte de atrás, por una parra.

Esta posada tenía en el piso bajo una tienda, mitad café y mitad taberna, con las paredes recién pintadas de color de sangre de toro muy brillantes.

En una esquina, el dueño había mandado poner un banderín de madera con los tres colores nacionales y en medio el letrero: A la Veleta de Ustariz.

En la planta baja había café, taberna, la bodega, la cuadra y una cocina espaciosa con chimenea de gran campana, dos mesas largas con bancos y el techo lleno de jamones y chorizos colgados y de quesos puestos sobre estantes de madera.

Desde el zaguán, enlosado con grandes piedras, partía una escalera de castaño carcomida y recompuesta hasta el rellano del primer piso.

De aquí se pasaba, por una puerta de cristales, a un corredor algo oscuro que tenía alcobas a un lado y a otro. En uno de los extremos del pasillo, hacia la carretera, estaba la sala, y en el otro lado, hacia la huerta, el comedor.

En la sala, tapizada con un papel verde aceituna, casi siempre con las ventanas entornadas, se veían algunos muebles descabalados de estilo Imperio, un espejo sin brillo y lleno de puntitos blancos y varias litografías de colores detonantes con las hazañas de Mazzepa y del príncipe Poniatowski.

Este salón de la Veleta de Ustariz pasaba en el pueblo por un salón elegante y confortable, digno de un hotel de Bayona.

Hacia el lado de la huerta el comedor de la posada daba a un balcón, en verano siempre en sombra por el follaje de una parra que hacia de cortina verde y tupida.

El comedor tenía un papel nuevo que Esteban Irisarri, el posadero de la Veleta, consideraba uno de los mayores atractivos de la casa. Representaba la catarata del Niágara, al natural, como decía él. Cerca de la catarata paseaban caballeros elegantes en briosos corceles, y señoras reclinadas en fastuosos landós con lacayos negros y perros de aguas.