Rompiendo una parte de la catarata había un ventanillo que comunicaba con un cuarto por el que se bajaba a la cocina, y por este ventanillo la mujer de Esteban, la Juana Mari, sacaba la comida para que la sirviera la criada. En el centro del comedor había una mesa ovalada donde podían sentarse quince o veinte personas. En este comedor de la Veleta de Ustariz se servía únicamente a los forasteros distinguidos por un módico sobreprecio. La gente del pueblo y los campesinos iban siempre a comer a la cocina.

Esteban Irisarri, el dueño de la Veleta, era hombre reformador y progresivo. Había sido sargento de Artillería y se había casado con la hija de un tratante de lana de Ustariz. Por entonces regentaba la posada y seguía con los negocios de lana.

Los tres viajeros que acababan de entrar en la Veleta de Ustariz eran constitucionales españoles; el viejo con aire de militar se llamaba don Juan López Campillo, había sido guerrillero en la guerra de la Independencia y estaba emigrado desde 1823; de los jóvenes, el rubio con aspecto enfermizo era Eusebio Lacy, hijo del general Lacy, fusilado en Bellver, y el moreno, un muchacho navarro ex seminarista llamado Manuel Ochoa.

Campillo había interrogado a Esteban el posadero en un mal francés pidiéndole informes acerca de las familias de aquel pueblo, y sobre todo del militar español que vivía en la casa llamada Chimista.

El posadero había soslayado la cuestión con el maquiavelismo espontáneo de un vasco; pero al dirigirle claramente la pregunta no tuvo más remedio que hablar.

—No tenga usted cuidado, hombre—le dijo Ochoa, el joven de los ojos negros, en vascuence—, no somos de la Policía; todo lo contrario.

Esteban el posadero valoró aquel todo lo contrario con una sonrisa significativa, y dió los datos que sabía acerca del viejo militar por quien le interrogaban. Después invitó a los huéspedes a pasar al comedor.

Precediéndolos fué por el pasillo, encendió la lámpara, y aunque no estaba del todo oscuro cerró las maderas del balcón. Los tres españoles se sentaron alrededor de la mesa.

—Se ha colocado usted en medio de la catarata del Niágara, mi coronel—dijo Ochoa a Campillo señalando el papel del comedor—. Se va usted a mojar.

—Sí—dijo el viejo sonriendo—. En cambio usted ha buscado buen sitio en ese bosquecillo.